lunes, 30 de junio de 2008

La lluvia y el barrio.

El olor a humedad y la densa niebla de la preocupación caminaban conmigo mientras abandonaba la ruidosa avenida para adentrarme en el barrio. Caminaba por la calle, pateando las hojas asesinadas por el otoño, haciendo ese ruido que de chico tanto me gustaba escuchar.
Estaba todo bien, pero algo incomodaba, y aquel que alguna vez haya percibido tan terrible sentimiento sabrá que la tranquilidad pierde la pelea por knock out contra él.
Mi vida pasaba, pasaban muchísimas risas sin casi tristezas, y sin embargo algo faltaba. Pero, como si quien quiera que maneje el universo hubiera querido levantarme el ánimo, las gotas comenzaron a descender desde el cielo.
Quien me conoce sabe que amo la lluvia, la que limpia las lágrimas, la que ahoga la tristeza automáticamente.
¿Acaso existe algo más hermoso que caminar abajo de la lluvia, viendo las calles vacías, el reflejo de las luces en el asfalto? Sí, hacerlo en el barrio.

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