martes, 1 de julio de 2008

Fuerza y felicidad.

Él debe haber existido alguna vez. Caminaba por las calles, con su pelo castaño, largo; clavando la mirada en el piso, y las manos en los bolsillos. Los vecinos ya lo habían incorporado, era parte del barrio por el que solía vagar, pero nadie jamás pudo saber donde vivía ni hablar con él.
Habían conjeturas varias: "Es un fantasma", decían algunos. "Yo no creo en eso, simplemente debe ser que nadie prestó suficiente atención", sostenían otros. Lo único seguro es que cuando él pasaba, nadie podía explicar lo que sentía, era raro. Más raro aún era que se lo viera únicamente los días grises y fríos. En la primavera y el verano era menos frecuente su avistaje.
Hay personas que aseguran haberlo visto en un lugar determinado, a una hora, y otras en un sitio completamente diferente, cuando el reloj señalaba la misma etapa del día. Pero todas estas personas no eran comunes, o, mejor dicho, sí lo eran: estaban tristes. Pero no de una tristeza pasajera, que dura lo que un pestañar; no una tristeza concreta, que se ve con tan sólo alzar la mirada. Era una tristeza interior, preocupación, incertidumbre. Esa gente, normal, aseguraba que al verlo sentía que sus hombros se descargaban.
Así que si algún día ven a un muchacho pelilargo, castaño, mirando al piso con las manos en los bolsillos, por favor avísenme.
P.D. No importa su nombre, unos lo llaman felicidad, otros fuerza.

1 comentario:

astrid bader dijo...

Gracias :) A mí también me encanta lo que escribís, hermosos tus textos! Un besito!

Danae