miércoles, 30 de julio de 2008

Deseo de invierno.

Allí estaba otra vez, mirando el vidrio de la ventana blanca, el cielo nublado, las gotas precipitándose sobre su tierra. Pero esta vez era distinto: estaba aburrido. No tenía tristeza, no tenía alegría y mucho menos locura: no tenía en qué pensar.
Sabía que era joven, que algo encontraría para hacer, y como en busca de un milagro se incorporó y dirigió a la puerta de la casa. No le importaba mojarse, le gustaba mucho, dejó que las gotas primero humedezcan su pelo y luego, con placer les permitió caer sobre su rostro.
Comenzó a caminar. Las calles estaban vacías, parecía una ciudad abandonada. Camino sin cesar un buen tiempo hasta que se detuvo para escuchar el canto de algunos pájaros en la copa de un roble, y allí se quedó unos minutos. Cuando estaba por seguir su camino, sintió que alguien le tocaba el hombro y se dio vuelta. Era una chica. Normal, pero no era normal, tenía algo raro. Con su suave voz le preguntó si había perdido algo, mientras intentaba indagar clavándole sus ojos de color sólo comparable con el brillo de las gotas depositadas en las hojas del árbol. Le contestó que sí, mas que no por eso miraba el árbol.
Caminaron juntos durante horas, hasta que el sol se empezaba a poner. Antes de despedirse se aseguraron de saber cómo volverse a encontrar. Una vez concluido el saludo, ella dio media vuelta y se metió en su casa. Al cerrar la puerta algo la detuvo, la volvió a abrir y escuchó "Gracias, ya encontré lo que buscaba".

No hay comentarios: