sábado, 5 de julio de 2008

Extraño.

La mirada clavada en el amargo techo de madera, la cabeza en mi almohada (creo que si alguien fuese capás de entenderme, sería ella). Un silencio hermoso me rodeaba, amenazado por el frío viento de la nostalgia.
Es que extraño. Pero siempre extraño. Echo de menos tantas cosas: enfermarme y que mi vieja esté pendiente sólo de mí, el jardín de infantes, mis amigos de ese lugar...
Son cosas que no van a volver jamás, y en los momentos en los que me deprimo (que gracias a Dios son pocos) nada me gustaría más que estar en la cama tapado hasta la boca con mi mamá preguntándome cómo me siento.
Las cosas cambian, todo cambia: yo cambié. Extraño mi sonrisa imborrable todo el día (sonrisitas me decía mi abuela). Ahora no es más sonrisa, ahora es risa, porque perdí mi inocencia, y también la extraño.
Extraño a mis abuelos, aunque no de la forma común de extrañar a alguien que ya no está. No me pone mal pensar en ellos, es sólo que a veces siento ganas de gritarle "¡PELADO!" y abrazarlo, como hacía siempre. O de asomarme a la vereda de la vieja casa del otro abuelo y que esté sentado, y que me tome el pulso, como cuando yo era chico, y que me de chocolate blanco y me diga "no le digas a tu mamá".
Extraño estar toda la tarde esperando ver Pokemon y Digimon a la noche, y hablar de los capítulos al día siguiente. Extraño coleccionar figuritas, cambiarlas. Extraño que llegue mi papá a la noche después de trabajar con diez paquetes para mí y diez para mi hermano, abrirlos juntos y pegarlas.
Extraño muchas cosas, pero me gusta extrañar, me parece hermoso. Es que siempre va a ser así, en unos años voy a extrañar mi presente, y quizás no siga pensando lo mismo, y voy a extrañar pensarlo. Es un ida y vuelta que va a terminar junto con los latidos de mi corazón.

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