jueves, 31 de julio de 2008
miércoles, 30 de julio de 2008
Deseo de invierno.
Allí estaba otra vez, mirando el vidrio de la ventana blanca, el cielo nublado, las gotas precipitándose sobre su tierra. Pero esta vez era distinto: estaba aburrido. No tenía tristeza, no tenía alegría y mucho menos locura: no tenía en qué pensar.
Sabía que era joven, que algo encontraría para hacer, y como en busca de un milagro se incorporó y dirigió a la puerta de la casa. No le importaba mojarse, le gustaba mucho, dejó que las gotas primero humedezcan su pelo y luego, con placer les permitió caer sobre su rostro.
Comenzó a caminar. Las calles estaban vacías, parecía una ciudad abandonada. Camino sin cesar un buen tiempo hasta que se detuvo para escuchar el canto de algunos pájaros en la copa de un roble, y allí se quedó unos minutos. Cuando estaba por seguir su camino, sintió que alguien le tocaba el hombro y se dio vuelta. Era una chica. Normal, pero no era normal, tenía algo raro. Con su suave voz le preguntó si había perdido algo, mientras intentaba indagar clavándole sus ojos de color sólo comparable con el brillo de las gotas depositadas en las hojas del árbol. Le contestó que sí, mas que no por eso miraba el árbol.
Caminaron juntos durante horas, hasta que el sol se empezaba a poner. Antes de despedirse se aseguraron de saber cómo volverse a encontrar. Una vez concluido el saludo, ella dio media vuelta y se metió en su casa. Al cerrar la puerta algo la detuvo, la volvió a abrir y escuchó "Gracias, ya encontré lo que buscaba".
Sabía que era joven, que algo encontraría para hacer, y como en busca de un milagro se incorporó y dirigió a la puerta de la casa. No le importaba mojarse, le gustaba mucho, dejó que las gotas primero humedezcan su pelo y luego, con placer les permitió caer sobre su rostro.
Comenzó a caminar. Las calles estaban vacías, parecía una ciudad abandonada. Camino sin cesar un buen tiempo hasta que se detuvo para escuchar el canto de algunos pájaros en la copa de un roble, y allí se quedó unos minutos. Cuando estaba por seguir su camino, sintió que alguien le tocaba el hombro y se dio vuelta. Era una chica. Normal, pero no era normal, tenía algo raro. Con su suave voz le preguntó si había perdido algo, mientras intentaba indagar clavándole sus ojos de color sólo comparable con el brillo de las gotas depositadas en las hojas del árbol. Le contestó que sí, mas que no por eso miraba el árbol.
Caminaron juntos durante horas, hasta que el sol se empezaba a poner. Antes de despedirse se aseguraron de saber cómo volverse a encontrar. Una vez concluido el saludo, ella dio media vuelta y se metió en su casa. Al cerrar la puerta algo la detuvo, la volvió a abrir y escuchó "Gracias, ya encontré lo que buscaba".
jueves, 17 de julio de 2008
¡Viva la democracia!
Gracias Julio Cobos. Gracias por demostrar que es posible creer en este sistema, que no todo son partidos políticos e ideologías. Por no haber torcido jamás su postura y por ser coherente.
No ganó el campo. Hoy, como nunca, como debería ser siempre, ganó la democracia.
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martes, 8 de julio de 2008
Perdón, planeta.
Mar de aceites, polen de humo, pasto de hormigón. Somos increíbles, somos tan inteligentes, usamos tan bien la razón que destruimos todo. Fusilamos nuestros bosques, acuchillamos a nuestra atmósfera, y carneamos a nuestros animales.
Todos somos culpables, nadie hace nada. Nos vivimos quejando y cuando tenemos que hacer algo miramos para otro lado. En realidad esta vez no creo que merezca hablar en primera persona del plural: yo reciclo e intento que los demás hagan lo mismo. Además pienso dedicarle mi vida a cuidar lo que destruimos.
Hay muchas formas de abrigarse sin usar pieles, y sin embargo se siguen usando. El verso de que son más abrigadas es sólo una excusa para tener la conciencia tranquila. Es el negocio de asesinar.
¿Qué nos diferencia del resto de los seres vivos? Que tenemos la capacidad de hacerle mal a otros innecesariamente, sólo eso.
Espero que de las personas que lean esto, aunque sea una me entienda. Que entienda la frustración que se siente que se abran hoteles alojamiento para gays y no centros de reciclaje, que un programa de televisión con treinta famosos bailando mal consiga millones de pesos que van a ir a unas pocas personas que se van a morir con toda esa plata y no la van a usar jamás en vez de usarla para reconstruir lo que arruinamos (y con esto no sólo me refiero a la ecología, el hambre es un crimen también).
Dónde reciclar en Buenos Aires
lunes, 7 de julio de 2008
Reflexión I.
Ni yo me entiendo, y me doy el lujo de enojarme cuando la gente se preocupa por mí. No sé ni lo que yo mismo quiero. Pongo los defectos por encima de todo, no veo la mitad del vaso lleno.
Algunas veces siento que es distinto, que esa situación va a ser especial y no me voy a cansar como me canso de todo, pero ese sentimiento es efímero: siempre vuelvo a lo mismo.
Creo y no exagero, que nací para vivir sin compromisos. Y no lo digo quejándome: me gusta. Me gusta estar solo, pensar, buscarle explicación a cosas que jamás voy a entender (como lo que estoy contando ahora).
Siempre arruino todo, después me arrepiento y muchas veces lo recupero (éstos son mis únicos instantes de cordura total). Y me vuelvo a cansar y lo vuelvo a arruinar.
Excepto cuando estoy con mis amigos, todo el día pienso en que me gustaría estar en la cama, en la más bella soledad y tranquilidad.
No me gusta la multitud, odio a las masas. Intento siempre salir, diferenciarme (agradezco a Dios ser de Platense y no de Boca o River, no podría serlo). Prefiero pescar a estar en una fiesta vulgar con cientos de personas iguales haciendo las mismas cosas.
Dicen que la felicidad son momentos, pero en mi caso es al revés. Yo soy feliz, soy feliz siempre, excepto cuando pienso en todo lo que detallé en estos renglones.
Concluyendo, todo lo que expresé no tiene sentido alguno, porque no logré explicarme nada. Pero lo importante no es entenderlo, sino seguir intentando hacerlo, porque cuando no nos preguntamos "por qué?", nos transformamos en máquinas que lo único que hacen es vivir.
Algunas veces siento que es distinto, que esa situación va a ser especial y no me voy a cansar como me canso de todo, pero ese sentimiento es efímero: siempre vuelvo a lo mismo.
Creo y no exagero, que nací para vivir sin compromisos. Y no lo digo quejándome: me gusta. Me gusta estar solo, pensar, buscarle explicación a cosas que jamás voy a entender (como lo que estoy contando ahora).
Siempre arruino todo, después me arrepiento y muchas veces lo recupero (éstos son mis únicos instantes de cordura total). Y me vuelvo a cansar y lo vuelvo a arruinar.
Excepto cuando estoy con mis amigos, todo el día pienso en que me gustaría estar en la cama, en la más bella soledad y tranquilidad.
No me gusta la multitud, odio a las masas. Intento siempre salir, diferenciarme (agradezco a Dios ser de Platense y no de Boca o River, no podría serlo). Prefiero pescar a estar en una fiesta vulgar con cientos de personas iguales haciendo las mismas cosas.
Dicen que la felicidad son momentos, pero en mi caso es al revés. Yo soy feliz, soy feliz siempre, excepto cuando pienso en todo lo que detallé en estos renglones.
Concluyendo, todo lo que expresé no tiene sentido alguno, porque no logré explicarme nada. Pero lo importante no es entenderlo, sino seguir intentando hacerlo, porque cuando no nos preguntamos "por qué?", nos transformamos en máquinas que lo único que hacen es vivir.
sábado, 5 de julio de 2008
Extraño.
La mirada clavada en el amargo techo de madera, la cabeza en mi almohada (creo que si alguien fuese capás de entenderme, sería ella). Un silencio hermoso me rodeaba, amenazado por el frío viento de la nostalgia.
Es que extraño. Pero siempre extraño. Echo de menos tantas cosas: enfermarme y que mi vieja esté pendiente sólo de mí, el jardín de infantes, mis amigos de ese lugar...
Son cosas que no van a volver jamás, y en los momentos en los que me deprimo (que gracias a Dios son pocos) nada me gustaría más que estar en la cama tapado hasta la boca con mi mamá preguntándome cómo me siento.
Las cosas cambian, todo cambia: yo cambié. Extraño mi sonrisa imborrable todo el día (sonrisitas me decía mi abuela). Ahora no es más sonrisa, ahora es risa, porque perdí mi inocencia, y también la extraño.
Extraño a mis abuelos, aunque no de la forma común de extrañar a alguien que ya no está. No me pone mal pensar en ellos, es sólo que a veces siento ganas de gritarle "¡PELADO!" y abrazarlo, como hacía siempre. O de asomarme a la vereda de la vieja casa del otro abuelo y que esté sentado, y que me tome el pulso, como cuando yo era chico, y que me de chocolate blanco y me diga "no le digas a tu mamá".
Extraño estar toda la tarde esperando ver Pokemon y Digimon a la noche, y hablar de los capítulos al día siguiente. Extraño coleccionar figuritas, cambiarlas. Extraño que llegue mi papá a la noche después de trabajar con diez paquetes para mí y diez para mi hermano, abrirlos juntos y pegarlas.
Extraño muchas cosas, pero me gusta extrañar, me parece hermoso. Es que siempre va a ser así, en unos años voy a extrañar mi presente, y quizás no siga pensando lo mismo, y voy a extrañar pensarlo. Es un ida y vuelta que va a terminar junto con los latidos de mi corazón.
Es que extraño. Pero siempre extraño. Echo de menos tantas cosas: enfermarme y que mi vieja esté pendiente sólo de mí, el jardín de infantes, mis amigos de ese lugar...
Son cosas que no van a volver jamás, y en los momentos en los que me deprimo (que gracias a Dios son pocos) nada me gustaría más que estar en la cama tapado hasta la boca con mi mamá preguntándome cómo me siento.
Las cosas cambian, todo cambia: yo cambié. Extraño mi sonrisa imborrable todo el día (sonrisitas me decía mi abuela). Ahora no es más sonrisa, ahora es risa, porque perdí mi inocencia, y también la extraño.
Extraño a mis abuelos, aunque no de la forma común de extrañar a alguien que ya no está. No me pone mal pensar en ellos, es sólo que a veces siento ganas de gritarle "¡PELADO!" y abrazarlo, como hacía siempre. O de asomarme a la vereda de la vieja casa del otro abuelo y que esté sentado, y que me tome el pulso, como cuando yo era chico, y que me de chocolate blanco y me diga "no le digas a tu mamá".
Extraño estar toda la tarde esperando ver Pokemon y Digimon a la noche, y hablar de los capítulos al día siguiente. Extraño coleccionar figuritas, cambiarlas. Extraño que llegue mi papá a la noche después de trabajar con diez paquetes para mí y diez para mi hermano, abrirlos juntos y pegarlas.
Extraño muchas cosas, pero me gusta extrañar, me parece hermoso. Es que siempre va a ser así, en unos años voy a extrañar mi presente, y quizás no siga pensando lo mismo, y voy a extrañar pensarlo. Es un ida y vuelta que va a terminar junto con los latidos de mi corazón.
martes, 1 de julio de 2008
Fuerza y felicidad.
Él debe haber existido alguna vez. Caminaba por las calles, con su pelo castaño, largo; clavando la mirada en el piso, y las manos en los bolsillos. Los vecinos ya lo habían incorporado, era parte del barrio por el que solía vagar, pero nadie jamás pudo saber donde vivía ni hablar con él.
Habían conjeturas varias: "Es un fantasma", decían algunos. "Yo no creo en eso, simplemente debe ser que nadie prestó suficiente atención", sostenían otros. Lo único seguro es que cuando él pasaba, nadie podía explicar lo que sentía, era raro. Más raro aún era que se lo viera únicamente los días grises y fríos. En la primavera y el verano era menos frecuente su avistaje.
Hay personas que aseguran haberlo visto en un lugar determinado, a una hora, y otras en un sitio completamente diferente, cuando el reloj señalaba la misma etapa del día. Pero todas estas personas no eran comunes, o, mejor dicho, sí lo eran: estaban tristes. Pero no de una tristeza pasajera, que dura lo que un pestañar; no una tristeza concreta, que se ve con tan sólo alzar la mirada. Era una tristeza interior, preocupación, incertidumbre. Esa gente, normal, aseguraba que al verlo sentía que sus hombros se descargaban.
Así que si algún día ven a un muchacho pelilargo, castaño, mirando al piso con las manos en los bolsillos, por favor avísenme.
P.D. No importa su nombre, unos lo llaman felicidad, otros fuerza.
Habían conjeturas varias: "Es un fantasma", decían algunos. "Yo no creo en eso, simplemente debe ser que nadie prestó suficiente atención", sostenían otros. Lo único seguro es que cuando él pasaba, nadie podía explicar lo que sentía, era raro. Más raro aún era que se lo viera únicamente los días grises y fríos. En la primavera y el verano era menos frecuente su avistaje.
Hay personas que aseguran haberlo visto en un lugar determinado, a una hora, y otras en un sitio completamente diferente, cuando el reloj señalaba la misma etapa del día. Pero todas estas personas no eran comunes, o, mejor dicho, sí lo eran: estaban tristes. Pero no de una tristeza pasajera, que dura lo que un pestañar; no una tristeza concreta, que se ve con tan sólo alzar la mirada. Era una tristeza interior, preocupación, incertidumbre. Esa gente, normal, aseguraba que al verlo sentía que sus hombros se descargaban.
Así que si algún día ven a un muchacho pelilargo, castaño, mirando al piso con las manos en los bolsillos, por favor avísenme.
P.D. No importa su nombre, unos lo llaman felicidad, otros fuerza.
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